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Abel Herber (y su hija) con Japón en el Parque (año 1999). El Parque Piñalito encierra belleza, misterios y una singular historia: la del ermitaño, que aquí reeditamos y compartimos:
En las tierras del Inglés de la Selva vive un ermitaño japonés al que los lugareños bautizaron con el nombre de Japón. Nuestro viaje para encontrarlo comenzó a las 4.30 y la curiosidad por verlo se incrementó cerca del mediodía con las anécdotas contadas por el guardaparque Abel Herber, quien lo conoció hace más de 40 años cuando ambos ayudaron a explotar un bosque de araucarias nativas en el mismo lugar donde ahora viven y donde prácticamente ya no quedan araucarias: en el Parque Piñalito. Nadie sabe si Japón guarda algún secreto, ni donde vivió antes y tampoco por qué decidió seguir en el medio de ese monte del extremo norte de San Pedro, uno de los lugares más altos de Misiones, y sin otra compañía que la de los animales y de las plantas. Ni siquiera los vecinos que rodean al parque son muchos, y algunos le han robado hasta el enchapado en oro que tenía en sus dientes.
El que mejor lo conoce es Herber. En la década del 50 trabajaron juntos. Eran parte de las 200 familias que, contratadas por la firma Agriman para explotar el monte, formaron un pequeño pueblo en Piñalito. El ir y venir de personas y dinero en el lugar duró tanto tiempo como duraron las araucarias en pié: aproximadamente en 1975 la gente se fue retirando, Herber también, y sólo quedaron tres o cuatro familias. Tiempo después Herber decidió comprar un terreno lindante, y hablando con los vecinos se enteró que de vez en cuando un japonés salia del monte. Era Japón.
El reencuentro entre ambos estuvo cargado de sorpresas. Japón estaba arisco, no le tenía confianza y tampoco aceptaba, salvo contadas ocasiones, comida u otro tipo de ayuda. No era para menos: todas sus herramientas de carpintería, colchón, ropas y otros elementos, le fueron robados.
La confianza quedó establecida nuevamente hace apenas un par de años. Japón salió del monte y acudió al guardaparque. Le mostró el cuerpo: las uras lo habían invadido. Herber lo desnudó, le roció veneno y cinco minutos después comenzaron a morir los bichos. Eran 74, contó el guardaparque. Medio año más tarde, otras 20 uras lo habían alcanzado, y otra vez su viejo amigo fue su mano derecha.
Después de eso el ermitaño japonés habla más, visita al guardaparque y sólo se queja porque siente agitado su pecho, principalmente después de subir los cerros que hay en el camino entre su casa y la de Herber.
Para llegar a su casa hay que recorrer a pié, a caballo o tractor dos kilómetros en el monte. Después de pasar un arroyo, unas banderas desflecadas, hechas con bolsitas, cuelgan de los árboles. Metros más adelante está la precaria vivienda sin ventanas, rodeada por yuyos, una araucaria muerta en pié y una chacrita donde Japón planta mandioca, batata y cebollita. Eran las 14,30. La puerta estaba cerrada. El ermitaño apareció lentamente y, después de escucharlo a Herber pronunciar la palabra “amigos”, nos pasó la mano e invitó a sentarnos en unos tacos de leño alrededor de la olla negra que tenía en el patio cocinando mandioca.
Japón tiene 71 años. Es lo poco que se puede saber después de entablar conversación con él (recordó que nació en 1928). Hace muchos ademanes y apenas pronuncia algunas palabras en castellano: “Evita Perón”, “gobierno de mierda”, “niños”, “mucho guatambú”, “el amigo Otakan Karasaba”. El guardaparque lo entiende. Y por eso sabe, por ejemplo, que el japonés tiene una hermana y conocidos en Dos de Mayo.
Pide que escribamos lo que comenta: que por las noches vienen niños, que vomitan,, y quieren llevarlo y que hay una zanja grande donde tiran a las personas. Herber comentó que Japón reitera esos dichos y cree que fue testigo de una guerra en su país de origen.
Prácticamente no acepta ayuda. “Japón no trabaja, Japón no come”, justifica su actitud. Se alimenta de raíces de plantas, carne de víbora, hace harina de pescado y los productos que tiene en su chacrita; utiliza el agua de un arroyo cercano para asearse y usa ojotas que fabricó con cubiertas de autos y bolsitas de plástico. Hace un tiempo atrás aceptó un espejo, y al verse se sorprendió: Japón viejo”, dijo.
Le pedimos que nos muestre su vivienda. “Casa de Japón, chancho”, se excusó. Mide tres metros de ancho y cinco metros de largo, pero sólo se puede transitar en un estrecho pasillo, en el oscuro, que se extiende de punta a punta. En un extremo guarda elementos de cocina y en otro están las tablas sobre las que duerme, y debajo de esto un ataúd que él mismo construyó para esperar su muerte. Lo que resta de la vivienda está íntegramente ocupado por costaneros, tablas, latas y algunos elementos que construyó con madera.
Otra vez afuera, Japón responde todas las preguntas que se le hacen. Pro supuesto que en japonés, y por supuesto que nadie de nosotros lo entiende. Nos escribió su nombre (Ikao Tasumi) y un lugar del Japón, y al ver la máquina fotográfica espontáneamente pronunció la marca Nikon. “Caro”, agregó.
Herber en reiteradas ocasiones ofreció a Japón mudarse, ocupar un terreno fuera del Parque Piñalito, más cerca de los vecinos, porque teme que cuando se ponga más viejo no pueda subir los cerros y salir del monte.
Pero el ermitaño no quiere dejar el lugar que, además de alberar helechos arborescentes, araucarias que tienen más de cien años de vida, muchos animales y saltos e agua cristalina, es conocido también porque en reiteradas ocasiones más de una persona se puso a cavar el suelo con ansias de encontrar oro.
Nota escrita por Cristina Besold el 29 de mayo de 1999, publicada en el diario El Territorio. Hoy, 4 de marzo de 2010, Japón pasa sus días lejos de Piñalito.
Esta nota periodística publicada hace diez años facilitó el acercamiento de amigos y - dicen algunos vecinos- parientes y hasta representantes de la embajada japonesa, quienes le ofrecieron vivir en otro lugar. Primero, la ciudad de Dos de Mayo, donde estuvo aproximadamente un año, y luego un hogar en Buenos Aires. Quienes lo acompañaron en la transición aseguran que no le resultó fácil a Japón dejar su tierra y a su entrañable amigo Abel Herber, y adaptarse a una nueva vida cargada de “ruido”, como el ruido que trae la televisión. Pero lo logró y está bien. Ya no vive en Piñalito, pero siempre estará ahí porque forma parte de la historia del lugar y ha dejado un hermoso rastro…
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