Juan Carlos Chébez, presente

sep 11, 2011 por     Sin Comentarios    Publicado en: Precursores, Selva Paranaense

Quizás sea esta la nota más difícil de escribir. El primer impulso es no hacerlo. El dolor de la ausencia está presente, y recorrer con la memoria, en silencio, o contemplar la belleza de cada lapacho que hoy florece, donde cada árbol es un Juan Carlos Chébez, parece suficiente. Pero he sido testigo privilegiada, y contar la historia, compartir a través de estas líneas, se impone como gesto de fraternidad.

Juan Carlos Chébez, el gran naturalista y conservacionista argentino, falleció el 15 de mayo pasado, en Buenos Aires. Tenía apenas 48 años, algunos de los cuales dedicó inteligentemente a conservar la naturaleza en Misiones. Antes de partir, pidió a Bárbara, su esposa, que deje a parte de sus restos en esta tierra. Un acto simbólico, por demás importante para los misioneros si se tiene en cuenta que trabajó y recorrió casi todo el país con su obra. “Misionero soy”, escribió y cantó nuestro amigo.

Pasaron varios días ya del sábado 20 de agosto. En la semana previa, el cielo plomizo que hacía más intenso el frío, la falta de recursos y los compromisos asumidos previamente, dificultaban el traslado al Parque Provincial Urugua-í. Sin embargo, horas antes de la partida todo se acomodó. Con Miguel Rinas, uno de los hombres que compartió los primeros pasos de Juan Carlos en Misiones, tomamos la ruta 12, acompañados de un sol pleno que, podría jurar, ese día sólo salió para brindarnos calor en una jornada que será inolvidable para cada uno de los que estuvimos ahí. Curiosamente, la tristeza fue quedando atrás y dio lugar a una charla muy rica en anécdotas, todas vinculadas a los hombres que allá por principios de la década del 80 llegaron a esta tierra colorada atraídos por la Selva y el desafío de descubrirla y conservarla, y curiosamente a anuncios sobre proyectos que tienen en común no sólo homenajear al gran naturalista sino también continuar su labor.

Por esas horas, Bárbara llegaba a esta provincia desde Buenos Aires para cumplir el deseo de nuestro amigo, Luis Rey preparaba su casa para recibirla y Jorge Anfuso tenía todo listo para bajar desde Puerto Iguazú.

Llegamos al punto de encuentro a las tres de la tarde, y de a poco fueron sumándose los amigos. En el puesto Uruzú, nos recibieron el guardapaque Víctor Matuchaca, tres turistas y el sonido apaciguador de la Selva y del arroyo Urugua-í, presentes porque allá por el año 1984 fue Juan Carlos Chébez quien, maravillado con la riqueza natural, inició el trabajo de conservación que luego derivaría en una red de áreas protegidas.

No tardó mucho en armarse la ronda, mate de por medio, y por supuesto nuevamente las innumerables anécdotas que tienen como protagonista principal a Chébez. Tanto hizo en tan poco tiempo. Tanto nos dejó. Tantas cualidades. Un ser excepcional. De pronto estábamos todos reunidos, sin ceremonias, sólo la espontaneidad y una extraña sensación de hermandad. Se fueron sumando Guillermo Gil, Silvina Fabricatore, Claudia Micote y luego Sofia Ferrari. Se cumplía un hecho poco común: a pesar de las distancias físicas durante tantos años, cada uno de nosotros, marcados sin dudas por Juan Carlos en diferentes etapas, nos habíamos acercado hasta este lugar, simbólico, y teníamos una meta tan común a todos como conservar la Selva: Acompañar uno de los últimos deseos del Maestro.

Entre mate y mate, Anfuso nos comparte la noticia de que están avanzadas las gestiones para rendir un justo homenaje a Andrés Giai, el naturalista que descubrió en Misiones al Pato Serrucho y a quien Chébez llamo el “Hudson en pleno siglo veinte”, gestionando su reivindicación. Rinas también reveló otra acción conservacionista. Un cuarto de hectárea del Parque El Puma, en el departamento Capital, estará destinado a recordar a Juan Carlos; ya reforestado con palo rosas, palmitos, lapachos y otros árboles nativos. Habrá un acto y una placa recordaria, posiblemente en octubre.

A medida que el sol caía en el horizonte, nosotros nos acercábamos al arroyo Urugua-í y allí nos quedamos por un buen tiempo, primero, en silencio, con la Selva como testigo, de cara al agua que se llevó una parte de Juan Carlos que fue depositada por Bárbara con la presencia de sus amigos, y luego dando continuidad a las reconfortantes charlas. Todo, con Cantos de la Selva, el trabajo discográfico de Chébez. Claro que hubo lágrimas, congoja y hasta enojos porque la vida nos presenta cosas difíciles de aceptar. Pero también hubo alegría por formar parte, de una u otra forma, de esta historia tan noble, alegría por haber conocido y aprendido del Maestro. Hubo, hay, agradecimiento, un profundo agradecimiento por el legado.

La ronda continúo a la vera del arroyo. Las ganas de quedarnos en el lugar eran evidentes. Si no fuera porque el sol se ponía, seguro seguiríamos ahí. Me despedí pidiendo que se multipliquen los árboles nativos. Emprendimos el regreso, cruzamos el Uruzú y me invadió la sensación de paz. Sentí que Juan Carlos estaba a partir de ese momento en contacto permanente con nuestra Selva, a través del Urugua-í, en sus recorridos, como lo hacía allá por los años 80, en busca del Pato Serrucho o del Lobo Gargantilla, junto a otros con quien trabajó, como Luis Honorio Rolón, o los personajes que él tanto admiró como Andrés Giai y el Perfecto Rivas.

Cristina Besold

4 de Septiembre de 2011

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