¿Cataratas en peligro?

El diario El País, de España, publicó este 22 de marzo, Día Mundial del Agua, un artículo que invita a reflexionar sobre los efectos del Cambio Climático (por ende, de las sociedad) en las Cataratas del Iguazú. Bajo el título “La maravilla amenazada”, el artículo periodístico señala que “existen numerosos indicios que alertan que de las cataratas de Iguazú están en riesgo. El cambio climático y otras amenazas rondan su espectacular ecosistema”, asegura.

 

Aquí la trascripción de la nota:

 

De pronto, hemos entrado en una suerte de cielo de agua. Un polvo de lluvia inconmensurable nos envuelve, nos moja sin piedad, parece tragarnos pero con cierta dulzura. Casi no se puede hablar, pues las palabras no salen, se hunden en el infinito asombro y a la vez se bloquean por la furibunda fuerza del trance. En medio de esa atmósfera mágica, un escurridizo arco iris ronda, se mueve junto con nosotros, hace como si persiguiera a nuestros indefensos y deslumbrados ojos.

 

No estamos soñando, es real. Arriba, cerca de nosotros, se encuentra la Garganta del Diablo, el salto de agua más grande del mundo, que desde una altura de 80 metros y formando un arco de 150, suelta una mole hídrica de más de 1.500 metros cúbicos por segundo; acá, abajo, estamos nosotros, pequeños e insignificantes, envueltos en un salvavidas y montados sobre un heroico bote de goma, que en un suspiro se ahogaría sin remedio en medio de esta nube incontrolable.

 

El drama del sube y baja

 

Este es el epicentro de las inenarrables Cataratas del Iguazú, clavadas en la frontera argentino-brasileña a lo largo de poco más de 2,5 kilómetros. Tiene un aura demoledora, incluso intimidante, y al mismo tiempo produce una seducción irresistible, a veces trágica. En julio del año pasado, un turista, acaso ebrio de fascinación, se arrojó al fondo de la garganta y se perdió trágicamente en este pozo acuático sin fondo. No son esas, sin embargo, las únicas desgracias.

 

Desde hace unos años, sobre este ecosistema planean amenazas diversas, humanas sobre todo, y más precisamente climáticas. En los años 2006, 2009 y 2012, la sequía que cayó como una plaga sobre la selva paranaense (el ecosistema que alberga esta maravilla) convirtió la foto de las postales en un espanto. “No sabíamos qué hacer en esos años”, cuenta Wenderson, un guía brasileño que reside y trabaja en Foz do Iguaçú, una ciudad que vive literalmente de las cataratas.

En el 2006, por ejemplo, el caudal de las mismas bajó hasta el alarmante nivel de sólo 350 metros cúbicos de agua por segundo, es decir cinco veces menos de lo habitual. En el 2009, el registro fue de 480 litros. Podría no parecer mucho, pero una rápida sumatoria —que se puede hacer frente al Salto Bossetti, ubicado en el lado argentino, a tiro de vista de unas escaleras de piedra— significa pasar de producir 1,7 millones de litros por segundo a solamente 480.000.

De esos años datan las fotos en las que las prodigiosas cataratas aparecen secas y desoladas, con apenas unos pálidos hilitos de agua, que no le robarían la mirada a ningún visitante. Fueron los tiempos en que los tours se redujeron a solo unos paseos en el simpático tren ecológico que se mete por los recovecos de la selva y para en algunos lugares, donde los coatíes (Nasua nasua) pululan y hasta fastidian a la gente. En ese momento, podían ser la principal atracción.

 

Porque no había agua y prácticamente ninguno de los 275 saltos de las cataratas exhibía su magia. Sorprendentemente, en el 2014 más bien sobrevino una hiper crecida, que disparó el volumen de agua hasta los alucinantes 46.300 litros por segundo, casi 30 veces más de lo normal. “En cinco años el proceso se invirtió abruptamente”, comenta Lélia Valduga, una fotógrafa brasileña que ha sido testigo de estos vaivenes que agobian a Iguazú, su ecosistema y su gente.

Entonces, por supuesto, tampoco se podía entrar, por precaución. En una fecha tan reciente como diciembre del 2015, el acceso a la Garganta del Diablo por la parte argentina también fue cerrado, debido a que el caudal alcanzó los 11.000 metros cúbicos por segundo. Meterse por la pasarela metálica de dos kilómetros que conduce a este punto neurálgico, en medio de las aguas, podía ser suicida. Hay, en suma, una montaña rusa lluviosa que no luce como normal.

 

 

¿Cambia, todo cambia?

 

Un tucán (Ramphastos toco) se posa en un árbol vecino a un restaurante, a su vez vecino a un mirador desde donde se distinguen los saltos llamados Las dos hermanas y San Martín. Este último se ubica frente a una isla del mismo nombre; allí se filmó, en los 80, la película La Misión de Roland Joffé. Es curioso el momento: hay un pequeño signo de modernidad, en el restaurante, y a la vez un fuerte rumor natural, ofrecido por el bosque y el ruido de las cataratas

Algo de eso aparece como probable explicación del riesgo que comienza a perfilarse sobre Iguazú. Según Guillermo Gil, especialista del Centro de Investigaciones Ecológicas Subtropicales (CIES), “con el cambio climático se pronostican períodos lluviosos y secos más intensos, así como tormentas más extremas en precipitación y vientos”. En otras palabras: la acción humana, y la potente pero riesgosa modernidad, estarían afectando este paraíso.

 

Gil, cuidadoso como todo científico, no se atreve a ser concluyente y sostiene que no se han hecho, para la cuenca del río Iguazú (el que da origen a las cataratas), modelos climáticos que permitan atisbar escenarios traumáticos. Pero los indicios de que algo inquietante ocurre son altas: ese régimen de lluvias alterado, esas imágenes deprimentes de los sobrecogedores saltos de agua secos. Esa sensación de que, si un día desaparecen o decrecen, serán un doloroso recuerdo.

 

Ya en 1997, antes de que la preocupación climática cundiera a nivel global, el geólogo Carlos Aust, en su libro Origen y Evolución de las Cataratas del Iguazú, pronosticó que la Garganta del Diablo retrocedería 30 metros en unos 80 años, que la isla San Martín dejaría de ser tal y que, en conjunto, todo el abanico de saltos desaparecería. Todo ello sería provocado por la continua erosión de las rocas que los acogen, por la fuerza del agua y por el avance de la masa boscosa.

 

No eran tiempos muy sensibles al calentamiento global, aunque había una coincidencia entre esas predicciones catastróficas y las de hoy. La mano humana, plasmada en persistentes actos de contaminación, o en la insistente construcción de mega represas, tendría que ver con esa deriva preocupante. Podría ponerle fin a todo este arco delicioso, sobrecogedor, de saltos de agua, bosques, chorros imparables, que ahora nos salpican como si nos lanzaran sus últimos abrazos.

 

Manuel Marcelo Jaramillo, Director de Conservación y Desarrollo Sustentable de la Fundación Vida Silvestre, abona las preocupaciones con explicaciones más puntuales. “La selva atlántica se ha reducido casi en un 90% a lo largo de los años. Ese es el principal problema del Parque Nacional Iguazú [el área protegida que alberga a las legendarias cataratas]”, afirma. Lo que hoy vemos, en realidad, son fragmentos del bosque originario que era el hábitat de la etnia guaraní.

 

La paulatina destrucción de este dispendioso ecosistema tiene siglos. Solo que en las décadas recientes se acrecentó con la construcción de enormes represas, por lo menos cuatro en la cuenca del río Iguazú. Una de ellas es Baxo do Iguaçú, que está aún en construcción y se ubica 70 kilómetros aguas arriba de las cataratas, en el estado brasileño de Paraná.

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