Cara a cara con un Yaguareté en Salta

Sonó el teléfono en Mendoza. Nico Lodeiro, Director de la Red Yaguareté -de la cual soy voluntario desde hace varios años-, me preguntaba si estaba interesado en ser parte de la Expedición Baritú 2017, ya que uno de los tres miembros del grupo no podía viajar. La fecha estaba muy cerca y era complicado para mí coordinar los tiempos en el trabajo. Le pedí unos días para pensarlo. Mientras lo hacía, me vinieron a la mente esos viajes increíbles en los que participé para la “Expedición La Fidelidad”, en donde además de buscar al Yaguareté, contribuimos a crear el ahora flamante Parque Nacional El Impenetrable. Y me dije a mi mismo: “estas expediciones son de esas que se le cuentan a los nietos”. No dudé más, arreglé lo que era necesario y devolví el llamado. Ya era parte del equipo que se dirigía a Salta.

Avión Mendoza-Salta, noche con los compañeros de equipo que habían llegado desde Buenos Aires, colectivo Salta-Orán y desde ahí camioneta de Parques Nacionales hasta Los Toldos. El viaje hasta esta localidad es un verdadero dilema espacio-temporal: se sale de Argentina, se entra en Bolivia, se sale de Bolivia y se entra en Argentina. En el medio los trámites de migración. Para los Toldenses debe ser una verdadera complicación. Afortunadamente, nos encontramos con una enorme predisposición del personal del Parque Nacional Baritú, desde su intendente Oscar (uno de los fundadores de la Red Yaguareté y a quien ya conocía de las expediciones chaqueñas), hasta cada uno de los guardaparques. Empezábamos con el pie derecho y de la mejor manera. Salimos para el poblado de Baritú el lunes 17 de julio bien temprano en dos camionetas y nos encontramos con una… ¡nevada! Las temperaturas eran muy bajas. Allí nos esperaba Honorato y su familia, quienes dispusieron sus mulas para transportar las cargas de cada uno en este primer tramo, luego irían en nuestras espaldas. Éramos un total de 10 personas. La ayuda con el equipo pesado nos permitió hacer los 20 kilómetros que nos separaban del primer sitio de acampe de forma más agradable y si bien el ritmo de caminata era continuo, pudimos hacer algunas observaciones de fauna y flora destacadas. No podía ser de otra manera, la selva de las Yungas hipnotizan con su verdor exuberante, energía y enorme biodiversidad que se va descubriendo de a poco. Donde termina el sendero nos calzamos las mochilas y descendimos unos 800 metros hasta el Río Sidras, sitio elegido para la primera noche de la expedición cuyo objetivo presentaba un gran desafío: instalar 30 cámaras trampa para monitorear la población de Yaguaretés del Parque. Eran las cuatro de la tarde, estábamos algo cansados, pero bien y entusiasmados. El lugar y el tiempo nos acompañaban. En mi caso me sentía un privilegiado, atrás quedaba la ciudad, su rutina y sus problemas. Estaba en el corazón de la selva.

Teníamos que juntar leña seca para encender un fuego y comer algo. Fuimos varios a buscarla (en total siete), todos en la misma dirección en donde el río describía una curva pronunciada. Cuando me preparaba para ir, decidí llevar mi cámara y binoculares. Si bien era incómodo, ¡sobre todo para juntar leña!, nunca se sabe que puede aparecer. Al pasar la curva dirigí la vista al fondo del río, ya que dos Patos del Torrente habían volado previamente.

Diego, ya de regreso, saboreando la hospitalidad de los habitantes de Baritú, este poblado vecino al Parque, luego de una experiencia inolvidable.

Lo primero que observé fue una cola en punta terminada en negro que se movía. No alcanzaba a ver bien por lo irregular del terreno. Cuando logré fijar la vista, apareció un lomo amarillento con manchas y acto seguido: una tremenda cabeza redondeada. Bajé los binoculares y traté de mirar a simple vista sin creerlo. Otra vez los largavistas y si…era un ¡¡¡tigrazo!!! Me di vuelta entre eufórico y medido para no espantarlo, diciendo en voz baja: “¡¡eh eh eh!!” y con una mano agitaba el aire. Alguien vio mi actitud desencajada y vino, era Pato Cavallo que me preguntaba: “¿que? ¿qué viste?. “Un tigre, un tigre” respondí mientras le pasaba los binoculares. Saqué la cámara y empecé a filmar. Estaba a unos 100 metros de distancia y no se percató de nuestra presencia. En dos minutos todos lo mirábamos incrédulos y maravillados. Fueron 10 minutos en total de observación directa. El tigre se paseó de un lado al otro del río y venía directo hacia nosotros. Hasta que nos descubrió. Siete seres humanos enloquecidos por él. Se paralizó, bajó las orejas y en dos segundos saltó hacia la selva. Era el primer día de expedición y habían pasado solamente 20 minutos desde que llegamos al lugar. ¡Que motivación para los restantes nueve días!

Ya por la noche solo hablábamos del yaguareté, de lo que representa y de lo majestuoso que es. Pero también reflexionamos sobre su situación actual, de que si no se redoblan esfuerzos a tiempo el tigre criollo va a desaparecer. Se nos va. Coincidimos en que todos nos tenemos que involucrar de alguna manera, en la ciudad y en la selva. Nos acostamos soñando, respirando con el Yaguareté.

En mi caso fui a colaborar con la puesta de cámaras trampa y siempre uno tiene la esperanza de cruzarse con algún prodigio de la naturaleza. Y pasó. Lo vimos una gran mayoría de los que estábamos ahí. Eso nos contagiaba más la alegría. La marcha continuó de la mejor manera con avistajes de Tapir, Carpincho, Pecarí de collar, Corzuela, Agutí, Mono caí, Lobito de río, anfibios y más de 70 especies de aves.

Ya finalizando la expedición, recordé frente al fuego que por esas cosas de la vida casi me pierdo el viaje, y que gracias a que cambié de opinión a último momento…“¡ahora si tenía algo para contarle a mis nietos!”. ¡Aguante la Red Yaguareté, el Parque Nacional Baritú, las Yungas y todos los Manchados!

Fuente: REd Yaguareté.

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